LA BOMBONERA, LEO, NÉSTOR, QUIQUE Y 10 METROS DE SEPARACIÓN

El 8 de Febrero de 1971, un santiagueño oriundo de Estación Atamisqui entra en SADAIC para registrar un tema musical. Su nombre era Leopoldo Dante Tevez, más conocido por las tres primeras letras, tanto de su nombre, como de su primer apellido: Leo Dan.

El inspirado Leo Dan escribió más de 1.500 canciones en sus 60 años de carrera. Entre ellas un himno para su provincia: Santiago querido.

Pero, la canción que nos interesa para esta reseña, fue interpretada por primera vez en 1973 y tiene los siguientes versos en su primera estrofa:

Una cinta en tus cabellos
Una flor en tu ventana
Un canario en tu balcón
Canta al sol, de la mañana.


En el año 2006, Néstor Bordiola quiere triunfar en el mundo de la música. Para cumplir su objetivo, decide sacar un disco doble, que incluye un cover de aquella vieja canción del amigo Leo Dan.

El disco se llama “Rompiendo el silencio” y podríamos afirmar que Néstor logró su cometido porque la rompe toda con su versión del tema en cuestión.

Néstor Bordiola es Néstor en Bloque, y además de darle ritmo de cumbia, le mete un leve cambiazo al nombre. Es así como la canción del amigo Leo Dan: “Una calle nos separa”, pasa a llamarse “Una calle me separa”.

La canción se vuelve popular en las canchas de fútbol. Clubes como Boca, San Lorenzo y hasta Los Tiburones de Veracruz en México cambian su letra y la cantan al ritmo de la dupla bombo/redoblante para alentar a sus equipos.

Vuelve a convertirse en un rotundo éxito masivo exactamente 33 años después de su estreno. (Si algún lector vio la serie DARK en Netflix, que saque sus propias conclusiones).


La historia se repite.

De la misma manera que una calle separaba a Leo Dan del amor que estaba en sus sueños, otra simple calle del barrio de La Boca es la que separa a los dos protagonistas de nuestra reseña. Porque solamente hace falta cruzar la calle Brandsen para ir desde la mítica Bombonera hasta la (igual de mítica) Glorieta de Quique.

Todos los hinchas de Boca, saben de qué estamos hablando. Pero nos parece una historia tan fabulosa para contar que todo el mundo debería conocerla.

Pasen, lean, vean y coman. Con ustedes, una parrilla que late igual que la bombonera: La Glorieta de Quique.

LLEGAMOS

Estamos en la esquina de Juan de Dios Filiberto y Brandsen. La Bombonera está ahí, latiendo, y no nos alcanzan los ojos (y las hojas del cuaderno) para anotar todo lo que ocurre en su periferia.

Una pareja se besa. Siete amigos se sacan como 100 selfies. Otra pareja se abraza y miran para arriba, hasta donde la tribuna se funde con el cielo. Un hincha verifica si tiene su entrada en el bolsillo. Mucha gente entra al museo de la pasión xeneize. Una murga ensaya sus coreos.

Un grafitero mete un par de trazos y se aleja para ver mejor. Un viejo vecino quiere chusmear lo que hace el grafitero y se sienta en un banco a chusmear. En el banco hay otras dos personas (en forma de estatua): Martín Palermo y Diego Maradona.

Un guía en bicicleta hace la señal de freno para contarle a un grupo de 8 turistas yankies sobre el Club Atlético Boca Juniors. A los tipos les debe estar por explotar el cerebro. A su alrededor pasan mil cosas. Un montón de estímulos visuales y sonoros se suceden. Todo el tiempo. Mezclándose sin parar. Pero una sensación los cruza a todos: alegría.

Bienvenidos al barrio de La Boca.

EL LUGAR

Hay muy pocos lugares con esta energía. La misma cercanía con el estadio hace que comer en La Glorieta de Quique sea realmente una experiencia en sí misma.

Podríamos decir que la parrilla es como un apéndice del estadio. Y si tenemos en cuenta que La Bombonera es uno de los estadios más famosos del mundo, eso no es apéndice ‘e pavo.

Como dice Luis, su dueño e hijo de Quique:

Esto también es Boca.

Y su afirmación se sustenta en absolutamente cada rincón del local. Lisa y llanamente, abarrotado de historia xeneize. Banderas, ilustraciones, pines, pinturas, frases, cuadros, copas en la pared y un escudo gigante de Boca atrás de la barra.

Fotos hay un montón. El negro Ibarra, Gago, Riquelme, Bianchi, Palermo, Dátolo, Palacios. Son algunos de los nombres que pasaron por esta parrilla y comieron el mismo sanguche de lomito que estás por comer vos.

Los colores azul y amarillo pintan todo el paisaje, solamente cortados por alguna que otra madera. Las puertas, las ventanas, las mesas y la antigua barra mostrador, son de los pocos elementos que escapan a las tonalidades azul y oro. Podríamos decir que “se escapan de casualidad”.

El lugar es simple.

Es lo más simple posible, tal y como le gusta la Comunidad Antigourmet.

Dos ejemplos:

1) Los saleros son botellas de 500 cc. de cerveza con agujeritos en la tapa.

2) La carta es una bandeja circular de madera con 12 platos. O mejor dicho, 11 titulares y un DT.

Mesas chiquitas, como de café notable. Hay una hilera de mesitas en las que te podés sentar a comer un sanguchito mirando hacia la cancha, como si hubieses sacado una entrada en primera fila para observar a La Bombonera.

No es casualidad que tantos músicos, poetas y pintores argentinos hayan salido de este barrio. Si te quedás 30 minutos mirando por la ventana, pasan tantas cosas que podés escribir más canciones que Leo Dan.

Si el lugar a simple vista tiene tanto para contar, imaginate todo lo que hay detrás. Es momento de conocer a Luis, el dueño de La Glorieta y el hijo de Quique.

UN VERDULERO QUE SE TRANSFORMÓ EN EL JUGADOR N° 12

Si un día vas a La Glorieta, vas a conocer a Luis Ocampo.

El tipo nos recibe como a todo el mundo, con la tranquilidad de alguien que encontró su lugar en el mundo. Desde que tiene 12 años, se dedica a la atención gastronómica de todos los hinchas de Boca.

Su papá, el legendario Quique, era un emprendedor pasional.

Cuando era joven, arrancó con una verdulería, después le agregó cosas de almacén y por último una carnicería. Todo el mundo lo conocía como Quique, el carnicero.

Apodo que le vino de rechupete cuando decidió meterle fichas a su otro emprendimiento: alentar al equipo de Boca hasta el cansancio.

El tipo se hizo conocido por expresar el sentimiento de un hincha fanático. Podríamos compararlo con el Tano Pasman de River, con la excepción de que el Tano puteador lo hacía desde su cómodo sillón y Quique lo hacía desde las tribunas de cada cancha donde jugaba su amado club.

Luis, nos cuenta de su viejo:

Empezaba el partido y mi viejo se volvía loco. Gritaba sin parar, tocaba la campana que le habían “pedido prestada” a la barra de River, arengaba a la gente para que aliente. Una máquina descontrolada era mi viejo. Para cuando llegaba el entretiempo, estaba agotado. Pero arrancaba el segundo tiempo y otra vez arriba, a darlo todo. Dejaba la garganta en cada partido. Mi viejo era uno de esos locos que aparecen una vez cada tanto. Ver el comienzo de la hinchada de Boca es un recuerdo imborrable.

Claro, hablamos de los inicios de La 12. Apenas comenzó a formarse, la barra de Boca no superaba las cuarenta personas.

Cuando viajaban para ver al club, entraban en un bondi y la nafta la ponía mi viejo con guita de la carnicería. Mi vieja lo quería matar. Pero mi viejo era así, muy pasional. – nos cuenta Luis.

Nosotros no nos vamos a andar metiendo tanto en la historia del club, porque estamos haciendo una reseña de morfi, pero si tenés ganas de conocer una parte importante de la vida de Boca, te recomendamos ir al Museo de Quique.

Sí, afirmativo. El tipo también tiene un museo.

Lo crearon sus hijos en 2014, un año después del fallecimiento de Quique. Queda justo en la esquina, subiendo al primer piso y ahí vas a encontrar toda su historia, desde los comienzos con la verdulería, hasta el retiro de la conducción de La 12 en los años 80.

Cuando se fue, le hicieron un homenaje. Tal y como si fuera un jugador. ¡Una verdadera locura!

EL COMIENZO DE LA GLORIETA

¡Oh, casualidad!

En el año 1973, Leopoldo Dante Tevez (¿será pariente lejano del apache?) entraba en SADAIC y Quique Ocampo decide que es momento de venderle comida a todos los hinchas de Boca.

Así que se pone creativo y decide abrir un bodegón llamado: Lo de Quique.

Era exactamente en la esquina, donde ahora se encuentra un local de todo tipo de merchandising para los fanáticos. ¿Cómo se llama el local? Quique Center.

Acá vemos la tendencia de Quique a nombrar las cosas con su apodo.

Un restaurante, un museo, un local de merchandising. Menos mal que se retiró porque si no la Bombonera corría serio peligro de ser nombrada de forma diferente.

No es nada alocado imaginar que por la cabeza del tipo pasó la idea de bautizar el estadio como: La Quiquenera, La Bomboquique o directamente, La Cancha de Quique. Y que se caguen todos.

Pero no. Por suerte para todos nosotros, el tipo se dedicó a la gastronomía. Y vaya que lo hizo como los dioses.

Como dijimos, en la esquina de Brandsen se comía a fondo. En un comienzo Quique y su familia vendían sanguches de milanesas a todo el que tuviera hambre previo al partido. Después agregaron pastas y mariscos, que preparaba Luisa, la suegra de Quique.

Donde estamos ahora, disfrutando de un sanguchito, era en realidad el patio de la casa de los Ocampo. Y en el patio, había una Glorieta.

En ese momento, Luis tenía 12 años y recibió una misión de su papá, el Jefe de la Barra de Boca.

Nene, te voy a poner una parrilla acá afuera. Vos sacá lomitos sin parar.

Pasaron más de 45 años y Luis sigue sacando lomitos sin parar. Podemos coincidir en que la misión de Luis ha sido todo un éxito.

De hecho, es algo que siempre notamos de los bodegones que tanto amamos: los dueños están presentes. Atienden. Se ponen los cortos. Salen a la cancha todos los días. Ponen todo. Realmente dan lo mejor de sí mismos.

Con la cantidad de comensales que pasan por La Glorieta, podría haber pasado tranquilamente que Luis y su familia decidan poner empleados que los reemplacen en su trabajo diario o directamente venderla.

Pero no es el caso, porque en La Glorieta trabajan: Luis, Sandra (su mujer), Desiree y Chantal (sus hijas), Fernando (su sobrino; gran parrillero) y Roberto, el único mozo del lugar que la descose cada vez que sale a la cancha.


ROBERTO ES CRACK

UN TURISTA YANKIE: Hóla, tíene asssádo de tíra? (puse los acentos donde los puso el tipo)

ROBERTO: Esa pavada no existe. Corte americano que no sirve para nada. Acá se come bife de chorizo. Pasá, pedite uno y después me contás.

El turista habrá entendido el 20% de lo que le contestó Roberto. Pero entró.

CONCLUSIÓN: Un turista chocho de la vida, comiendo un sanguchazo, frente a la bombonera y regalándole un OK gigante a Roberto cada 5 minutos.


ADN BOSTERO

Evidentemente acá se juegan otras cosas, por eso toda la familia colabora con su tiempo y así lo explica Luis:

Tal como atendía de chiquitito, sigo atendiendo hoy. Es lo que me llena de orgullo. Por el club pasan los jugadores, pasan los presidentes, y yo sigo estando. Me la quisieron comprar mil veces y siempre dije que no, porque la verdad, para mí y para mi familia, este lugar es parte de nuestra vida.

Cortito y al pie. No más preguntas, señor juez. Pasemos al morfi.

LA COMIDA NO SE MANCHA

Mirá pibe, la calidad no la negocié nunca. Lo que no como yo, no lo come el cliente.

Sin vueltas. Así habla Luis de su mercadería.

Y a nosotros no nos queda otra que creerle. Porque si lo está diciendo un tipo que sacó 2.600 sanguches de lomito en un solo día, es palabra santa.

Este record se dio el 28 de Julio de 2001, en el partido final de la Copa Libertadores. Jugaba Boca contra el Cruz Azul. Ese día, Óscar Córdoba atajó tres penales y desató la locura xeneize.

Luis abrió a las 10 de la mañana y terminó cerrando 18 horas después, cuando los festejos empezaron a calmarse. Él calcula que si vendió más de dos mil sanguches de lomito, debe haber vendido diez mil choripanes, como mínimo. Realmente un delirio.

La comida en La Glorieta no tiene secretos y está 100% libre de Gilada Gourmet, ego de chef o sofisticaciones caretas.

Es el lugar ideal para traer a un indeciso, porque en la carta hay 5 cosas para elegir: provoleta, morcilla, chorizo, lomito y hamburguesa. Papas fritas de guarnición.

Todo sale volando, porque Luis y Fernando se turnan todo el tiempo al mando de la parrilla y la mantienen con fuego constante. Uno cabecea y el otro la va a buscar. En un claro ejemplo de un partido bien planificado tácticamente.

El pan es clave. Como siempre dice el Dr. Pait: “es el 50% de un sanguche”. Y acá no es la excepción. Desiree se la pasa cortando una fina rodaja a la parte de arriba, con el fin de que no te raspe el paladar. Miga de primera, porque absorbe chimichurri como loca, lo que posibilita darle gustito al sanguche sin chorrear, evitando que termines con el pantalón manchado en 17 lugares distintos.

¿Postres? Hay uno solo: fresco y batata.

Si estás entre las 100 personas que siguen pensando que el queso y dulce es con membrillo, deberías replantearte tu posición. El postre Vigilante fue, es y será… con batata. Si viene con membrillo suele llamarse Martín Fierro, pero es al pedo pedirse uno.

Ya lo dijo mi Abuela Rosa:

El membrillo es para la pastafrola, algún pastelito frito o para sacarte el gusto feo después de vomitar. Todo lo demás, es con batata.

Si tenés ganas de ponerte en contra de mi abuela Rosa… te cuento que tiene 95 años y se acuerda el día que la llevaron al registro civil para anotarla. Así que calculale 100 años de sabiduría gastronómica encima. Te deseo suerte en tu argumentación contra la batata.

LA CONCLUSIÓN

Es prácticamente imposible distinguir cuando algo empieza y termina en La Boca. Hay algo que unifica todo lo que toca. Estás comiendo un sanguche en La Glorieta, pero al mismo tiempo estás como turista, frente a un estadio enorme, viendo pasar gente, escuchando tango y maravillado con los colores.

La Glorieta de Quique forma parte de la identidad del barrio de La Boca. Un barrio que tiene un club, tiene arte, tiene color, tiene cultura, tiene caminito, tiene tango, tiene historia, tiene conventillos, tiene carnaval y, por supuesto, tiene gastronomía.

La delantera que conforman el chori y el lomito es imbatible. El 9 goleador y el 10 exquisito. Riquelme y Palermo, según Luis, que considera al 10 como el mejor jugador de la historia de su amado club.

En fin, claramente podemos seguir hablando de la historia de Boca un año entero, pero desde el Antigourmet proponemos una idea.

No importa si sos hincha de Boca, de otro club o de ningún club. No importa si te gusta el fútbol, el rugby, el paddle o el kabbadi. Ni siquiera importa si no entendés nada de ningún deporte.

Cuando puedas, date una vuelta por La Glorieta de Quique. Entrá tranqui, sentate en una mesita, pedile un sanguche a Roberto, disfrutalo sin apuro, ponele todo el chimi posible y antes de irte, saludalo a Luis de nuestra parte. Seguramente, se ponga contento, le saques una sonrisa y te lleves un recuerdo de La Boca para toda la vida.

Por último, agradecerle infinitamente a Luis, a Sandra y su familia por tomarse el tiempo de contarnos su historia, hacernos sentir como en casa y darnos de morfar como los dioses.

Pitazo final. Cambiamos las camisetas. Nosotros le dejamos a La Glorieta una camiseta del Anti con un huevofrito en el corazón. Luis nos entregó una de su querido club.

Un gesto futbolero que para nosotros significa:

Fue un gustazo conocerte, estamos felices de compartir la misma pasión por esta forma de entender la gastronomía y la vida. Te dejo algo para que me recuerdes. Y me llevo algo para hacer lo mismo. Gracias por todo.

Nos vemos en el próximo estadio con una nueva historia.

¡Salud!