Darse una vuelta por el barrio porteño del Abasto es un sinónimo de tradición, tango, arrabales y, por supuesto: bodegones y cantinas. Hasta allí se fue el Equipo Anti-Gourmet para degustar los platos de uno de ellos. La Viña del Abasto, en la esquina de San Luis y Jean Jaures es un clásico de clásicos.

Sin ir más lejos, es uno de los lugares preferidos por esa raza particular que son los taxistas porteños para almorzar y/o cenar. El local queda justo en la esquina y tiene una distribución que permite a los cuatro mozos, todos ellos de carrera y profesión, recorrerlo de punta a punta.

LA HISTORIA

Nos contaron que el lugar comenzó siendo una fonda manejada por los hermanos García allá por 1935. Luego, cambió de dueño en el 72 . El personal se mantiene desde esos años, una genialidad que pocos lugares pueden atribuirse.

Si van pueden conocer a Marcial el cocinero, a Nazario el pastero, a Lito y Antonio los mozos. Estos últimos son de primera. Siempre amables y con buenas recomendaciones sobre qué elegir. Si la cantidad es para compartir te lo van a decir y aseguramos que se van a sentir a gusto de estar tan a gusto.

Por sus puertas pasaron personajes del tango como Troilo, Ben Molar, Edmundo Rivero, Goyeneche, entre otros.

EL LUGAR

Las paredes están pintadas de un color indefinido entre gris, verde y celeste. Tal vez tu mujer te puede decir que “es gris cromosoma” o “es azul francia, pero de antes de Napoleón”, pero nosotros no pudimos ponerle un nombre a esa bella mezcla de tonos.

En la parte superior hay imágenes fileteadas de grandes personalidades de la Argentina (podemos encontrarnos desde Gardel, pasando por el Coco Basile, hasta el Papa Francisco).

El promedio de edad de los comensales en la noche que fuimos era de 61,7 años (y nosotros andamos todos cerca de los 35).

Nota Anti-Gourmet: si te pusiste unos chupines, pasá por tu casa a cambiarte, porque vas a quedar desubicado como aceituna en pan dulce. 

Desde ya, no es un sitio apto primera cita. Y no lo decimos basados en la ambientación del lugar, sino por la cantidad de ajo y aceite que trae la comida. Si desoís nuestro consejo,  sos un osado y llevás a  tu primer cita, te podemos asegurar que te vas a acordar de ella durante toda la semana por el olor de su ropa más que por su perfume.

Y un detalle antes de olvidarnos: salero de plástico arriba de la mesa (y escarbadientes dentro de otro salero vacío). Premium.

LA CARTA

Acotada. Tiene algunas entradas, minutas, chivito, pollo y pastas. Pero a no alarmarse, es más que suficiente, porque todo sale en porciones abundantes y con un gustito espectacular.

Si te estás cuidando o estás haciendo la Dieta del Aguará Guazú, también podés pedir medias porciones de todo (aunque la carta no lo diga). Para un Anti-Gourmet es fundamental porque te permite probar varios platos y permanecer respirando.

Las opciones de vinos son pocas, pero no desentonan con el resto. Hay dos etiquetas más caras y el resto a precios razonables.

ENTRADA

Morrones y Berenjenas: ¡cuando vean las fotos no van a creer que son medias porciones! Dicen que hay gente que pide una porción entera y pasa meses mirando al mozo con cara de “no me avisaste”. La mejor definición que encontramos fue: “estamos en presencia de un plato antichape”. Ajo, aceite y condimentos por todos lados. Probablemente una pareja deberá pasarse el resto de la noche hablando con la pera en el pecho para que el otro no se desmaye, pero el sabor concentrado que tiene vale la pena. Pídalo.

PRINCIPALES

Ravioles mixtos a la príncipe de Nápoli: este pedido fue por recomendación de una amiga del Anti-Gourmet y hay que sacarse el sombrero ante ella (el problema es que no usamos sombrero, pero ya lo vamos a resolver).

Si las pastas son la Selección de Básquet, estos ravioles son Manu Ginobilli. Tienen un relleno de verdura y ricota bien cargado y arriba viene con: salsa blanca, salsa de tomate, jamón y… ¡un huevo frito! Todo gratinado. No pudimos saber si el secreto está en las ollas o algún ingrediente, pero el plato tiene un gustito ahumado incomparable.

La conclusión final fue: “Qué bien que comía el príncipe de Nápoles, che”.

Ravioles a la príncipe de Nápoles

Ravioles a la príncipe de Nápoles

Fucciles a la Scarparo: otra genialidad de La Viña, aunque después de probar los ravioles nos pusimos muy exigentes. Los fucciles preparados como corresponde, en su cocción justa, llegaron bien calientes, con una salsa en la que abundaba el ajo y el perejil (como para seguir en la línea). Excelente plato! Pero primero pruebe los ravioles!

POSTRE

Queso y Dulce: infaltable, correcto, buena cantidad, excelente queso, dulce que acompaña. Está la opción de fresco o mar del plata, así como batata o membrillo. No te va a sacar el gusto a ajo, pero hace de cuenta que es el Odol de los postres.

También podés pedir un Flan Casero para compartir, porque entre dos nos costó mucho terminarlo.

Dato Anti-Gourmet: no te vamos a dar pistas, pero pero pedite el Postre de la Casa y después… reptá de felicidad hasta el auto.

CONCLUSIÓN

La Viña lleva como cien años dando de comer, así que es muy raro que salgas arrepentido de haber ido. No esperes ningún tipo de lujo. La atención es perfecta y los platos con una relación precio/calidad/cantidad muy difícil de encontrar por estos días. Hay que ir a cenar y al volver a casa, dormir mirando para la pared (nada de beso de las buenas noches).

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